No hay manera de describir el cúmulo de cosas que tengo en la cabeza, y si encima, en cada tormenta me cruzo con despedidas más o menos inesperadas acabo de rodillas, y con lágrimas en los ojos. Toca volver a levantarse de nuevo, que te comen las olas.
Esto funciona así, la tormenta o yo. Y me temblarán las piernas de cansancio, pero para dejarme caer debe acabarse primero la rabia que llevo dentro.
A.
martes, 4 de febrero de 2014
Dicen que tres grados bajo cero. Yo hubiese apuntado unos setenta.
Tengo el alma helada y el aliento me corta la garganta cuando intento respirar, entre suspiro y suspiro, entre lágrima y bostezo.
Ya no se si te echo de menos lo que me faltan son pasos de cebra en rojo dónde poder dejarme besar, entre suspiro y suspiro.
Y malgasto el tiempo escribiendo en lugar de ir a parar el tráfico. Entre suspiro y suspiro.
J.
Tengo el alma helada y el aliento me corta la garganta cuando intento respirar, entre suspiro y suspiro, entre lágrima y bostezo.
Ya no se si te echo de menos lo que me faltan son pasos de cebra en rojo dónde poder dejarme besar, entre suspiro y suspiro.
Y malgasto el tiempo escribiendo en lugar de ir a parar el tráfico. Entre suspiro y suspiro.
J.
lunes, 3 de febrero de 2014
Un par de análisis, cuatro o cinco pruebas retrospectivas y alguna radiografía anímica dieron con la clave de todo lo que somatizaba.
El alma adelgazaba a diario, deprisa; casi no podía percibirlo, y justo cuando lo hacía era demasiado tarde para pararlo. Y así cada tarde.
Anorexia Emocional. Así lo llamé.
J.
¿Sabes? A veces sigo dándole vueltas a la absurda idea de que pronto todo se temple. A veces sigo dándole vueltas al absurdo.
Me miento. Haciéndote creer que la lluvia me resbala cuando en realidad la impermeabilidad no forma parte del diccionario que descansa en mi mesilla de noche, junto a un cactus seco y un flexo viejo sin bombilla.
¿Sabes? Nada se templa. El frío sigue estremeciendo y el absurdo sigue sin tener coherencia. Como si el planteamiento de una calma no tuviera cabida en los cajones por el simple hecho de no tener paraguas.
J.
Me miento. Haciéndote creer que la lluvia me resbala cuando en realidad la impermeabilidad no forma parte del diccionario que descansa en mi mesilla de noche, junto a un cactus seco y un flexo viejo sin bombilla.
¿Sabes? Nada se templa. El frío sigue estremeciendo y el absurdo sigue sin tener coherencia. Como si el planteamiento de una calma no tuviera cabida en los cajones por el simple hecho de no tener paraguas.
J.
Dando un sorbo a tu café, mientras estabas distraída mordiéndote el labio, me invadió esa escalofriante sensación de tener que salir corriendo.
No del bar, ni de la ciudad, ni de ti, que seguías ajena mirando el plato vacío, sino de mi.
Salir corriendo de mi mismo... Qué estupidez ¿Verdad?
Me gustaba. Realmente era la idea más maravillosa que había tenido durante ese octubre de taciturnidad diaria.
Joder, no sabía hacia dónde. Lo peor de huir es que tienes (o deberías tener siempre que te lo propones) una dirección. Yo no la tenía.
Bueno, empezaría por el bar, luego vendría la ciudad, después tu, y a ver si, con un poco de esa suerte que nunca tuve, podría perderme de mi sombra, que nunca dejó de perseguirme.
No dejé de correr. Mi sombra sigue encontrándome cuando tomo café contigo en el mismo sitio cada viernes a las siete.
Algo me ha salido mal.
Sigo corriendo.
Sigo con sombra.
Son las siete.
J
domingo, 2 de febrero de 2014
La ví marcharse, riéndose del mundo con una boca color carmín y la linea de las medias serpenteando por sus piernas. Los tacones sonaban y la chaqueta que iba arrastrando susurraba los sentimientos que silenciaban sus ojos.
La última vez que me miró, fue al girarse y decirme con los ojos que se iba para no volver. Aún extraño el olor de su perfume por las mañanas y los dedos de pianista jugando con mi espalda.
Aún.
Y quizá.
An.
La última vez que me miró, fue al girarse y decirme con los ojos que se iba para no volver. Aún extraño el olor de su perfume por las mañanas y los dedos de pianista jugando con mi espalda.
Aún.
Y quizá.
An.
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